martes, 13 de septiembre de 2016

Todo tiempo pasado fue peor.

Mi papá es piloto de Avianca desde hace más de 40 años. Al igual que lo fue mi bisabuelo, mi abuelo, mi tío abuelo y mi tío, quien falleció en el accidente del avión de Avianca en Cúcuta en 1988. Recuerdo ese año rogarle a mi papá que dejara la aviación ya que él podía terminar en las mismas circunstancias, pero mi papá trataba de tranquilizarme diciendo que mi abuelo había volado toda su vida y jamás tuvo un susto. Que lo que le había pasado a mi tío Pacho era un error que él no iba a cometer.
Un año después, el 27 de noviembre de 1989, Pablo Escobar hizo explotar una bomba en el vuelo 203 de Avianca donde fallecieron 110 personas. Entre ellas el papá de un amigo del colegio.
Nunca más pude vivir en paz; pensaba que, si mi papá no se estrellaba contra un cerro, le iba a explotar una bomba en una turbina.
Fue una época horrible. Tan solo unos meses antes habían asesinado a Luis Carlos Galán y tengo grabada la imagen de mi mamá bañada en lágrimas diciendo: ¡¡País de mierda!! País de mierda!!
De esa época recuerdo los ojos negros de Omaira sumergida en el lodo en el desastre de Armero. Recuerdo el rocket televisado que le metieron al Palacio de Justicia y que un señor que salía en una foto bailando con mi mamá (Rodrigo Lara) lo habían asesinado en un sitio por donde pasaba la ruta del colegio.
Por esos días era perfectamente normal que los vidrios de la casa se estremecieran en consecuencia de los carros bombas.  Y si no los sentíamos en los vidrios, los oíamos en el famoso apagón donde poníamos el radio con las noticias de los estragos que estaba haciendo el narcotráfico en el país.

Recuerdo que un día mi papá salió a comprarle un reloj a mi mamá por aniversario. Habíamos ido ya a verlo en la joyería Sterling del centro comercial de la 93 pero tocaba ajustarle la pulsera o no sé qué, y nos dijeron que nos lo tenían para el día siguiente. Mi papá salió solo a recoger el reloj y yo estaba llegando del colegio cuando de pronto sentimos el cimbronazo: -"Otra bomba"- dije. Prendimos el radio y advertían que había sido en el centro comercial de la 93. Se me salió el corazón. Alcancé a pensar lo peor y tuve un momentáneo sentimiento de orfandad hasta que mi papá entró por la puerta estremecido. Había salido unos minutos antes del centro comercial y la bomba lo cogió en el carro a unos cuantos metros sobre la carrera 15. Recuerdo que mi papá dijo haber visto un cuerpo sin cabeza tirado en un andén.

A pesar de todo, la vida continuaba. Teníamos que seguir viviendo sin importar el hecho de estar en una constante amenaza.
Como una tregua más que merecida, llegó el mundial de fútbol del 94 con el contundente 5 - 0 contra Argentina y su desafortunada celebración, donde murieron varias personas. Íbamos a un mundial después de no sé cuántas décadas y con el mitológico equipo del Tino, el Pibe, Leonel e Higuita. El fútbol nos hacía olvidar que vivíamos en la peor cloaca de Suramérica.
Fue la primera vez en mi vida que sentía un sentimiento patriótico y la camiseta amarilla nos unía a todos. Era como si estuviéramos aprendiendo a vernos como país. En el mundo se mencionaba el fútbol Colombiano y no solo la coca, los carteles y el temible Pablo Escobar. Pero la euforia duró muy poco pues la violencia también nos tocó ese pequeño oasis de alegría. El asesinato de Andrés Escobar por haber hecho un autogol, fue una de las peores vergüenzas que han pasado en este país.

Después de la muerte de Pablo Escobar, los carteles empezaron a perder una cara reconocible; ya no se hablaba de apellidos, Los Rodriguez, Los Gacha, Los Ochoa. Los carteles irían mutando en un enemigo mucho más sigiloso, pero ahora llegaba la amenaza guerrillera. No había carretera en la que uno pudiera transitar tranquilo. Secuestro por allí, secuestro por allá. Que el tío, que el papá, que el amigo de tal. Que nos tocó salir corriendo de tal finca porque venían por nosotros.
Mis abuelos tenían una finca en Choachí donde no pudimos volver durante años. El único que iba por allá era un tío médico al cual le llegaron los guerrilleros en dos ocasiones pidiéndole ayuda con un par de insurgentes heridos. Mi tío, un cristiano fervoroso, nunca se negó a ayudar. Pero tampoco pudo volver a la finca, pues le advirtieron que las Farc lo querían como médico de algún frente guerrillero.

Estos son algunos de los recuerdos de mi infancia. Y debo resaltar, y agradecer, que salimos indemnes: ni un solo secuestrado en la familia y ni un solo muerto, ni una extorsión, ni una amenaza. (Bueno, amenazas sí hubo, pero a un tío que se tuvo que ir del país porque en su calidad de periodista se puso a denunciar corruptos funcionarios públicos).

Estos son los testimonios de un joven de ciudad al cuál casi lo toca la tragedia, pero no. No me puedo comparar con ninguna víctima. Mi testimonio no cuenta ni siquiera un ligero esbozo de la tragedia que se ha vivido en Colombia.  Mi relato apenas comienza en los ochentas, una de las épocas más violentas de Colombia, pero no la más. Cada década anterior trae sus desgracias. Los setentas y el comienzo del narcotráfico y la bonanza marimbera. Los sesentas con los estragos del Frente Nacional y los niveles de corrupción disparados en las nubes. Los cincuentas con la violencia bipartidista. (Alcanzaría a decir que los cincuentas fueron mucho más violentos que todas las décadas siguientes, pero este país, cimentado en muertos de cientos de años, puede llevarme la contraria). Pero sí, los cincuentas son escabrosos; con sus Pájaros y sus Chulavitas. Con sus cortes de corbata. Con la violencia de los Llanos. Los cuarentas, donde nace de cierta manera el conflicto con la muerte de Gaitán, que fue la consecuencia directa de la violencia de los treintas, con la Masacre de las Bananeras. Y si seguimos hacia atrás podemos llegar a la campaña de liberación con sus muertos y cientos de batallas. Y así hasta llegar a la conquista de América.
Pero no soy el apropiado para contar historia. Solo podría decir que: todo tiempo pasado fue peor.

Hoy Colombia es muy distinta. Por primera vez en siglos -sin exagerar- estamos viviendo en una sociedad mucho más sana que sus antecesoras. Somos un país que se estremece un poco más con el dolor ajeno. Un país que se para y reclama. Un país donde la información no es un lujo para beneficio personal de unos pocos. Una sociedad que, a partir de las triviales redes sociales, puede generar una opinión colectiva que se va regulando hacia un país mucho más cívico. Nos aterramos con el maltrato animal. Nos duelen los niños olvidados en la Guajira. Peleamos, así sea inútil, para que no corten los bosques. Nos escandalizamos con funcionarios públicos manejando borrachos. Nos reímos e increpamos el famoso: "usted no sabe quién soy yo". Todo el mundo tiene una cámara, todo el mundo denuncia. Ya nadie se puede pasar tan fácil de la raya pues tiene cientos de miles de ojos encima.

Ahora firmamos la paz con las Farc. Es obvio que la guerra no se va a acabar. Que el 3 de octubre no seremos Finlandia o Dinamarca. Que seguirá la corrupción y seguiremos oyendo que los niños de la Guajira se están muriendo. Que multinacionales Canadienses están cortando los bosques del Choco. Que la plata de los impuestos termina en manos de unos pocos. Pero estamos viendo el proceso. Estamos viendo el cambio. Este país es incomparable con la Colombia de los ochentas, y de los setentas, y de los cincuentas y cuarentas. Hoy vivimos sin duda alguna en una mejor Colombia y estamos vivos para verlo. Estamos vivos para vivirlo.



3 comentarios:

  1. ESTAMOS MEJORANDO... DE ESO SE TRATA.. NO PODEMOS ECHAR PARA ATRAS POR ESO DIGO NO! A LOS ACUERDOS, SI! A LA PAZ.!. ;)

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  2. De acuerdo... Votar si por el acuerdo de "paz", sometiendo las instituciones, premiando al terrorismo, las violaciones y el narcotrafico, etc... Es dar un terrible ejemplo a quienes hoy gozamos de los esfuerzos del pasado. Por eso voto NO!

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  3. Afortunadamente conservo la vida, después de haber combatido en los años 60 a 63 con los grupos que asolaron el norte del Cauca, límite con Valle, Tolima y Huila. O sea que hasta ahora no he conocido la PAZ, pero ella vendrá con los acuerdos y el Voto por el SI al plebiscito

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